6 de abril del 2006. Un autobús que no se diferencia en nada a otros cientos llega a París. 35 cabecitas se asoman a las ventanillas y contemplan con asombro e incertidumbre la maravillosa ciudad de la luz.
Llegamos a un albergue de mala muerte a las afueras de París. Las puertas están rotas, hay bichos y todo está sucio. Sin embargo, en nuestros rostros no se vislumbra un ápice de desilusión. Dejamos nuestras pesadas maletas rebosantes de ropa y útiles que sabemos que no utilizaremos y partimos hacia el Louvre. ¡Oh dios mío es impresionante! Lo había imaginado con la lectura del polémico Código Da Vinci y visto en fotos a través de la red, pero la sensación que transmite es indescriptible. Tras unos pequeños problemillas a la hora de entrar (hay un férreo control), por fin podemos perdernos por los interminables corredores en los que las cuadros parecen hablarte. Como apasionada que soy del mundo egipcio es maravilloso poder contemplar pergaminos, esfinges y ataúdes a tan sólo un palmo de distancia. Finalmente, tras “pelearnos” con un numeroso grupo de personas logramos avistar la obra por excelencia, la obra que tantos otros han admirado y alabado, la Gioconda. Me sorprende su reducido tamaño, pero lo que dicen de ella se confirma. Me mira, o al menos lo parece. Es misteriosa y llena de secretismo. La gente intenta tomar fotografías (a pesar de no estar permitido). En mi opinión carece de sentido. Es imposible captar la belleza de esta obra en un trozo de papel. Maravillada por esta visita, me equivoco al creer que mis expectativas han sido alcanzadas por completo. Ha sido un día duro. Estamos agotados y a pesar de la euforia inicial lo único que queremos es caer en un profundo sueño.
Se avecina un nuevo día, y qué mejor que comenzarlo con buen pie, visitando la torre que todo lo ve y a la que nada se le escapa, la Torre Eiffel. Vacilo a la hora de subir al ascensor que se eleva a las alturas. Decido subir únicamente hasta el segundo piso, pero finalmente animada por el entusiasmo colectivo me dejo llevar hasta la cúspide. Las vistas son increíbles, no creía tener miedo a las alturas pero definitivamente tengo pánico. Apenas me atrevo a asomarme a la ventana, temo caer. Al cabo del tiempo el temor se convierte en atracción y no ceso de mirar al abismo que se compenetra a la perfección con la inmensa ciudad que se rinde ante nosotros. Descendemos. Nos dirigimos a los Campos Elíseos en los que disfrutaremos de nuestros esmirriados sándwiches de los que a estas alturas estamos hartos. Por el camino, en medio del tráfico nos encontramos con el histórico Arco del Triunfo. ¿Cómo dejar pasar esta oportunidad? Como fotógrafos expertos en los que nos estamos convirtiendo, otra vez una foto por aquí y otra por allá. Tras la suculenta comida, planificamos la tarde. Esta vez nos decantamos por una visita con los pies en el suelo, una visita a la catedral de Notre Dame. Entramos. No parece diferenciarse de cualquier otra catedral. Entonces, ¿por qué tanta leyenda? Alzo la vista, y una explosión de color y frescura ahoga mis sentidos. Allí está el famoso rosetón escoltado por unas imponentes vidrieras. Un mundo de paz y silencio ensordecedor se encierra en el interior de esos muros que me resguardan del mundo acelerado en el que vivimos. Para cuando ponemos un pie en la calle, la noche cierne sobre París, pero sin embargo, la Torre Eiffel, el Louvre o Notre Dame continúan brillando con luz propia.

Desconozco cuando, pero prometo que volveré.

Irene Pedruelo